La polarización de Costa Rica y la religión en las urnas electorales

Alejandro García_ Perfil Casi literalLa victoria del predicador evangélico Fabricio Alvarado en la primera ronda de las elecciones costarricenses no solo supone un triunfo del sector más conservador y religioso del país, sino un fenómeno que pone de manifiesto los problemas de la sociedad costarricense. Su triunfo estuvo acompañado por el porcentaje más alto de abstencionismo en sesenta años, producto del descontento con la clase política que ha abandonado a las provincias periféricas, la religión como factor político y, sobre todo, por el tema del matrimonio entre personas del mismo sexo, que acaparó las discusiones del último mes previo a los comicios.

Sin embargo, la invisibilización de las zonas rurales por parte de los gobiernos ha jugado un factor importante en el proceso electoral. Ha quedado de manifiesto el rechazo hacia los partidos tradicionales, entre ellos el partido oficialista, que durante años han encaminado sus políticas hacia el área metropolitana y ha tomado en cuenta las zonas rurales del plan país solo cada cuatro años, cuando recurren a ellas para captar votos. Es aquí donde la expansión de las iglesias evangélicas ha tenido relevancia, pues llenan el vacío del Estado y se convierten en un anclaje con las comunidades, mostrando cercanía a través de una doctrina religiosa usualmente conservadora y movida por la «defensa de la familia», sustituyendo las promesas políticas tradicionales por un discurso religioso que los «representa».

De esta manera, Costa Rica sufre una división radical entre el sector conservador y los progresistas que amenaza con recrudecerse de cara a la segunda vuelta electoral, cuando se enfrente el ganador, Fabricio Alvarado, contra el candidato oficialista, Carlos Alvarado, ambos intentando captar los votos de una sociedad polarizada a la que le urge la solución de temas importantes como el déficit fiscal, la seguridad ciudadana y la infraestructura estatal.

Sin embargo, el espectro de la campaña política del evangélico se ha aprovechado de la temática del matrimonio homosexual para capitalizar votos en una sociedad históricamente conservadora y religiosa ―aun cuando carece de un plan y equipo político competente para asumir un gobierno― y ha amenazado con retirar a Costa Rica de la Corte Interamericana de Derechos Humanos como una de sus promesas «pro defensa de la familia», como consecuencia de un discurso demagogo y peligroso generado por la falta de conocimiento para asumir las riendas del país; situación que no solo  agudizaría su situación dentro de la comunidad internacional sino que provocaría inestabilidad en los mercados, lo que dificultará aún más la inversión extranjera y, a nivel interno, debilitaría aún más los derechos de un sector social ―ya de por sí vulnerable― al promover políticas homofóbicas y machistas.

El reciente ciclo electoral que tendrá su segunda etapa el 1 de abril dejará un país dividido como nunca antes. Independientemente de quién asuma el poder, el presidente tendrá que adquirir un gran reto de cara a tareas urgentes como solventar la crisis fiscal de la nación sin abandonar los logros en materia social y procurando cumplir con su obligación de proteger a todos sus ciudadanos en materia de derechos humanos. De la misma forma, la sociedad costarricense deberá mirarse al espejo y procurar sanar las heridas que han expuesto grandes niveles de homofobia y fundamentalismo religioso.

Es por ello que Costa Rica se enfrenta a uno de los procesos electorales más importantes de su historia, que pondrá a prueba su madurez política. No es el matrimonio entre personas del mismo sexo lo que está en juego sino el rumbo del país en materia económica, social y educativa para aquellas personas que se sienten invisibles ante un sistema que les ha fallado.

°El artículo fue publicado originalmente en la revista (CASI) LITERAL – Revista



Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *